Indicadores de Transición Circular para la industria de los AEE

La industria de aparatos eléctricos y electrónicos (AEE) se encuentra en un punto de inflexión. El crecimiento sostenido de los residuos de aparatos eléctricos y electrónicos (RAEE), la volatilidad en el precio de metales críticos y el endurecimiento de los marcos regulatorios están redefiniendo las condiciones competitivas del sector. En Chile, este escenario se vuelve particularmente tangible tras la aprobación de la propuesta regulatoria que incorpora los AEE y las pilas como productos prioritarios bajo la Ley REP.

Esto implica que fabricantes e importadores no solo deberán cumplir metas de recolección y valorización, sino demostrar trazabilidad, eficiencia material y coherencia técnica en la gestión de sus flujos. En este contexto, los indicadores de transición circular dejan de ser una herramienta conceptual para transformarse en un instrumento estratégico de gestión y anticipación de riesgos.

El marco de los Circular Transition Indicators (CTI) desarrollado por el World Business Council for Sustainable Development (WBCSD) ofrece una metodología cuantitativa basada en el análisis de flujos materiales que permite a las empresas comprender su posición real en la transición hacia la circularidad. Sin embargo, su valor no reside únicamente en el cálculo del porcentaje circular, sino en la capacidad de revelar brechas estructurales en diseño, abastecimiento y recuperación.

Así como previamente hemos analizado los Indicadores de Transición Circular de la industria textil, ahora veremos cómo aplicar los indicadores de transición circular en la industria de los AEE con un enfoque técnico, integrando análisis crítico, ejemplos aplicados y conexiones estratégicas que permitan a las empresas convertir la medición en decisiones operativas.

Medir la circularidad desde la física del negocio: la lógica material aplicada al sector electrónico

El marco CTI parte de una premisa contundente: la circularidad no se mide en narrativas, sino en masa. Cada empresa debe definir un límite organizacional claro y cuantificar qué materiales ingresan, qué procesos los transforman y qué flujos salen del sistema productivo.

En la industria electrónica, esta lógica resulta especialmente reveladora porque el valor económico del producto no se correlaciona linealmente con su masa. Un smartphone de 180 gramos puede contener oro, cobalto y tierras raras cuyo impacto ambiental supera ampliamente su peso físico. Por ello, analizar los flujos en términos de masa permite visibilizar dependencias materiales que suelen permanecer invisibles en los estados financieros.

El análisis se estructura en tres momentos interdependientes:

  1. Inflow: proporción de materiales circulares (reciclados, reutilizados, remanufacturados o renovables) respecto del total de entradas.
  2. Outflow – Potencial de recuperación: capacidad técnica de los productos para ser desmontados, reparados, reutilizados o reciclados.
  3. Outflow – Recuperación efectiva: porcentaje real de materiales recuperados al final de vida.

Estos tres componentes conforman el núcleo de los indicadores de transición circular, y su interacción es lo que determina la circularidad real.

Sin embargo, es importante subrayar que estos tres momentos no operan de manera aislada. El tipo de material que se incorpora en el inflow condiciona la facilidad de recuperación futura, mientras que la infraestructura de recolección disponible influye en la efectividad de cualquier diseño circular. Por tanto, medir circularidad implica comprender la empresa como parte de un sistema extendido.

Inflow circular: calidad del material y retención de valor funcional

Uno de los errores más comunes en la industria es equiparar circularidad con contenido reciclado. Si bien el uso de material reciclado es relevante, la metodología de los CTI introduce una distinción crítica entre reciclaje convencional y retención de valor de mayor jerarquía, como la reutilización, reacondicionamiento o remanufactura de componentes.

Desde una perspectiva técnica, supongamos una empresa que produce 500.000 computadores portátiles al año, con una masa promedio de 2 kg por unidad. Esto implica un inflow anual de 1.000 toneladas. Si la empresa incorpora 250 toneladas de aluminio reciclado en las carcasas, su inflow circular sería del 25%. No obstante, si además recupera placas base funcionales y las integra en nuevos equipos reacondicionados, podría sumar otras 100 toneladas de componentes con valor funcional equivalente.

Aquí se observa una diferencia estratégica: mientras el reciclaje reduce la dependencia de materia prima virgen, la reutilización de componentes reduce también la energía embebida en procesos de fundición, refinado y ensamblaje. En consecuencia, el impacto climático asociado es significativamente menor.

Desde la óptica empresarial, esto implica que los indicadores de transición circular para los AEE no deben leerse únicamente como una métrica de abastecimiento, sino como una señal de rediseño del modelo de negocio. Una empresa que depende exclusivamente de reciclaje abierto seguirá expuesta a la volatilidad del mercado de materias primas secundarias. En cambio, aquella que integra esquemas de remanufactura internaliza valor y reduce exposición a riesgos de suministro.

Diseño y potencial de recuperación: el verdadero punto de inflexión técnico

Ahora bien, la calidad del inflow pierde relevancia si el producto no está diseñado para cerrar el ciclo. El potencial de recuperación depende de variables concretas:

  • Diseño para desmontaje (design for disassembly).
  • Modularidad.
  • Estandarización de tornillos y fijaciones.
  • Eliminación de adhesivos permanentes.
  • Accesibilidad a baterías y placas base.

Por ejemplo, si una batería está soldada a la placa madre, su extracción implicará destruir otros componentes. En términos de CTI, esto reduce el porcentaje técnicamente recuperable. En cambio, un diseño modular que permita retirar la batería, reemplazar la memoria RAM y separar la carcasa metálica incrementa el potencial de recuperación.

Vovlamos al ejemplo de la laptop de 2 kg. Técnicamente podrían recuperarse 1,6 kg si el diseño permite desmontaje eficiente. Sin embargo, si el producto utiliza adhesivos estructurales permanentes, el potencial podría reducirse a 1,2 kg. La diferencia de 400 gramos, multiplicada por cientos de miles de unidades, representa toneladas de material que pasan de ser un recurso a convertirse en residuo.

Desde el punto de vista estratégico, este indicador permite a las empresas simular escenarios. ¿Qué ocurre con la circularidad total si se elimina un adhesivo y se reemplaza por fijaciones mecánicas? ¿Cuál es el costo incremental de rediseño frente al beneficio en recuperación? Aquí los indicadores de transición circular para los AEE se transforman en una herramienta de ingeniería económica.

Recuperación efectiva: la brecha entre intención y sistema

No obstante, incluso un diseño óptimo puede fracasar si el sistema de recolección no acompaña. En Chile, la futura implementación plena de metas REP para RAEE implicará tasas progresivas de recolección. Sin embargo, el comportamiento del consumidor y la infraestructura disponible determinarán la recuperación real.

Continuando con el ejemplo anterior, si el potencial recuperable es 1,6 kg por unidad, pero la tasa real de retorno es del 40%, y la eficiencia promedio de reciclaje es del 85%, la recuperación efectiva será:

1,6 × 0,40 × 0,85 = 0,544 kg

Esto equivale a apenas el 27% del peso total del producto.

Este cálculo revela una brecha crítica entre diseño y realidad operativa. Las empresas que comprendan esta diferencia podrán anticipar inversiones en logística inversa, alianzas con gestores o esquemas de incentivos al consumidor.

Aquí emerge un aspecto estratégico fundamental: los indicadores de transición circular para los AEE no solo miden desempeño interno, sino dependencia sistémica. Una empresa puede mejorar su circularidad diseñando mejor, pero también participando activamente en sistemas colectivos de recuperación.

Conexión con metas climáticas y uso de suelo

El manual de implementación de los indicadores para empresas (CTI v4.0) amplía el análisis incorporando el módulo “Impact of the Loop”, que permite estimar la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero asociada a estrategias circulares.

En la industria electrónica, el aluminio primario puede generar alrededor de 16 tCO₂e por tonelada producida, mientras que el aluminio reciclado puede situarse en torno a 1,6 tCO₂e. Si una empresa sustituye 500 toneladas anuales de aluminio primario por reciclado, podría evitar aproximadamente 7.200 tCO₂e.

Este vínculo entre circularidad y carbono transforma la conversación estratégica. Las inversiones en diseño modular o remanufactura no solo mejoran la circularidad material, sino que reducen la huella de alcance 3, lo que resulta clave frente a inversionistas y estándares internacionales.

Asimismo, la reducción en extracción primaria implica menor presión sobre uso de suelo y pérdida de biodiversidad, un aspecto que CTI comienza a integrar metodológicamente.

Gobernanza, calidad de datos y riesgos metodológicos

Ahora bien, la sofisticación del indicador depende de la calidad del dato. Las empresas deben definir claramente su límite organizacional, diferenciar entre residuos postindustriales y postconsumo, y evitar dobles contabilizaciones.

Un riesgo frecuente es atribuir como circular materiales cuya trazabilidad no está verificada o asumir tasas de reciclaje promedio sin considerar rendimientos reales por fracción. En el sector electrónico, donde las mezclas materiales son complejas, pequeñas imprecisiones pueden distorsionar significativamente el resultado final.

Por ello, la implementación de los indicadores de transición circular requiere involucrar equipos de compras, ingeniería, logística y sostenibilidad, asegurando coherencia transversal.

De la medición al posicionamiento competitivo

Finalmente, la pregunta clave para las empresas no es cuánto porcentaje circular tienen hoy, sino qué riesgos lineales enfrentan mañana. La dependencia de litio, cobalto o tierras raras expone a riesgos geopolíticos y de precio. Medir circularidad permite identificar qué proporción de esos materiales puede reincorporarse en ciclos técnicos.

En un entorno donde la regulación REP impondrá metas crecientes y exigencias de reporte, contar con una línea base robusta de circularidad material permitirá anticipar costos de cumplimiento y diseñar estrategias de diferenciación.

En síntesis, los indicadores de transición circular para AEE no son un fin en sí mismos. Son un instrumento para traducir la complejidad material de los aparatos electrónicos en decisiones estratégicas que reduzcan riesgos, mejoren resiliencia y generen valor económico sostenible.

La circularidad no es un atributo reputacional: es una variable técnica que, cuando se mide con rigor, redefine la competitividad de la industria electrónica.


Fuentes:

  • Circular Transition Indicators (CTI) Sector guidance, Electronic devices (WBCSD, 2022)
  • Circular Transition Indicatos V4.0, Metrics for business, by business (WBCSD, 2023)